Cardenal Rouco Varela  

   El pasado año nuestra parroquia de San Miguel celebró su primer centenario, un acontecimiento que debe interpelarnos a todos. El obispo de la diócesis quiso participar en esta conmemoración. Y lo hizo con sencillez, sin darse importancia. Éstas son mis impresiones de aquel domingo gozoso, a finales de octubre, en el que pudimos tener a nuestro obispo entre nosotros.

El Cardenal  durante la Misa

 

Amigos de Jesús

   Nos pidió que fuéramos amigos de Jesús. Y precisó aún más, con su tono pausado, queriendo, sin duda, que su mensaje calara hondo. “Debemos dejarnos ser amigos de Jesús”, repitió no una, sino hasta dos veces para que nos diéramos cuenta de la importancia de este mensaje..

   Demostró haber leído el libro del centenario y hasta corrigió un dato sobre la fecha de la creación de la diócesis. Lo mejor vino al final cuando pidió entonar más alto el Himno de la Almudena, y como no quedó conforme con su petición, él mismo dirigió el canto con una voz poderosa, bien acompasada y timbrada.
“Salve, Señora de tez morena Virgen y Madre del Redentor Santa María de la Almudena Reina del Cielo, Madre de amor, de amor..”

En el justo medio está la virtud

   La voz del Cardenal llegaba poderosa a todos, conmoviéndonos por dentro. “Es un enamorado de la Virgen, y se nota”, pensé en mi interior, mientras trataba de contenerme. Quería ser fuerte, mientras por dentro sentía una profunda ternura y apenas podía hablar.

   ”En la vida- dijo al final- es necesario el justo medio, no muy bajo ni muy alto, como mi voz de tenor… En el justo medio está la virtud”.

   En fin un acontecimiento muy intenso, lleno de vida y hasta de emoción, pues el cardenal se mostró como el mejor de los párrocos, dando su bendición a todos y mostrando su amor por las prescripciones litúrgicas.

   Después de la comunión mandó acallar las palabras de agradecimiento de nuestro párroco. “Debemos cumplir con el ritual”. Y lo dijo con un tono de afecto que no sonaba para nada a una amonestación. Tampoco lo hizo tras impartir la bendición final y pedir infructuosamente el concurso del diácono para concluir con las palabras que manda la Iglesia. Nadie parecía hacerle caso, y el cardenal supo entenderlo. Era tanta emoción de tenerle entre nosotros.

La señal de la cruz

   Fue todo muy emotivo, especialmente, cuando el cardenal, un príncipe de la Iglesia, nos daba su bendición, poniendo el alma en cada gesto, sin prisas, marcando con su mano consagrada la señal de la cruz. Yo lo vi como un gesto profético en estos tiempos difíciles. Mientras nos bendecía, en mi interior sentía intensamente las palabras de Jesús: “Sin Mí nada podéis”…

   Me sobrecogieron igualmente los gestos de ternura con todos y, en especial con los más pequeños. Siempre tiene el cardenal una palabra de amor y consuelo. Y cuando menos te lo esperas te ofrece una medalla con su bendición, que te llena de paz, de esperanza.

Instrumentos del amor de Dios

   Así es la Iglesia, así son ministros y así deberíamos ser los bautizados. Instrumentos de Dios para acoger a manos llenas su Amor, para que nos rebose y podamos entregarlos al prójimo, al hermano que, por muy lejos que esté de la fe, Dios nos lo ha puesto en el camino.

No temas

   En fin, estoy muy agradecido al Señor pues con este encuentro con el cardenal de Madrid me he sentido más unido a la Iglesia, a la barca de Pedro el Pescador, y a Jesús. ¡Qué pequeñas quedan así nuestras miserias, nuestros temores y nuestras rencillas!

   Al salir de aquella Misa con el cardenal volvía a oír aquellas palabras de nuestro buen Jesús:”Non timas”. “No temas”….

José G. Concepción