17 de diciembre de 2008

 

3. LA FAMILIA, IGLESIA DOMÉSTICA

 

Querido amigo/a y hermano/a: Paz

Decía D. Miguel de Unamuno: “reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que reboses luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para darte a los demás todo entero e indiviso. Estas frases suponen un buen pórtico para presentar la familia “hacia dentro”, hacia la hondura, hacia ese centro nuclear donde se asienta la fe y la vida religiosa.

La llamada a la interioridad es muy oportuna porque –hoy y siempre- lo que le hace falta a la familia no son cosas, ni productos, ni actividad. Le hace falta alma, reposo, esperanza. Y estas realidades sólo las puede regalar Dios.

Necesitamos la fe para vivir de una manera lúcida y despierta en un mundo donde la increencia es la atmósfera que respiramos. Se intenta hacernos creer que la fe está superada y que históricamente la increencia es la única y legítima representante de la modernidad. Los cristianos en general y la familia en particular, en estos momentos de indiferencia religiosa, necesitamos convertirnos a la fe. Una fe robusta, una fe alegre, una fe activa, una fe humilde que de nada presume, sino de estar apoyada en el Señor-Jesús.

Si la iglesia puede ser concebida como una familia, también la familia puede ser concebida como una “pequeña Iglesia”. Decía San Juan Crisóstomo: “Cuando ayer os dije: que cada uno de vosotros convierta su casa en una Iglesia, aclamasteis a grandes voces y dísteis signos de placer con que aquellas palabras os inundaron”. La familia como “Iglesia doméstica” es, sin duda, una familia que:

- Cree y espera en Cristo-Jesús.

- Ora porque sabe que la oración es tan necesaria como el respirar.

- Celebra los sacramentos de Cristo como momentos de gracia y fuerza cristiana.

- Ama y es solidaria con las demás familias y con los sufrimientos humanos.

- Evangeliza y anuncia con otras palabras el Reino de Dios y su justicia.

La familia cristina (Iglesia domestica), habla de Dios, habla con Dios, que no deja de ser el mejor de los modos para que nuestros hijos aprendan a rezar. La familia cristiana no olvida los signos religiosos externos en su hogar, y, por supuesto, no olvida las celebraciones sacramentales (misa dominical, celebración de la reconciliación…). La familia –sin duda- es “Iglesia doméstica”.