30 de diciembre de 2008

 

4. LA FAMILIA Y LA COMUNIDAD PARROQUIAL

 

“La familia cristiana esta llamada a tomar parte activa y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo al servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad intima de vida y de amor” (Juan Pablo II).

 

Querido amigo/a y hermano/a: Paz

La parroquia es el hogar de la fe. En ella nacemos como cristianos, en ella creemos y nos educamos en la fe; y en ella vivimos la fraternidad y el compromiso cristiano. Pero este hogar grande, que es la parroquia, necesita de los hogares familiares para cumplir su misión. La familia es como una Iglesia en pequeño, es “la Iglesia doméstica” porque es la primera comunidad donde descubrimos la fe y el amor y donde aprendimos, tu y yo, a vivirlo. Allí, un hombre y una mujer, el matrimonio, tu padre y madre y mi padre y mi madre manifestaron para ti y para mí la relación amorosa entre Dios y la humanidad.

En la familia aprendemos a ser personas y cristianos; allí aprendimos a hablar, a sonreír y a dar los primeros pasos en la convivencia. Allí descubrimos lo que son los padres, allí recibimos la primera ración de amor, tan necesaria como la de pan. Allí aprendimos a balbucear las cosas de Dios, a rezar y a llamar a Dios Padre.

Como ves, la relación y colaboración que ha de existir entre parroquia y familia ha de ser muy estrecha y cercana. La parroquia encuentra en la familia su cuna y modelo. Pero, sobre todo, encuentra el marco ideal para importantes acciones pastorales como la preparación de novios al matrimonio, creación y dirección de grupos de matrimonios…

Todas estas tareas específicas y propias de las familias cristianas son preocupaciones constantes de la parroquia. Y es aquí donde la familia tiene una misión muy hermosa que cumplir para ser en verdad una familia cristiana. Ahora bien, es verdad, que llevamos dentro la inclinación al individualismo. Y para justificar nuestro comportamiento ponemos en practica aquél refrán popular: “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Con este equivocado refrán queremos justificar, a menudo, nuestra pereza y desinterés por las tareas parroquiales.

Creedme, el creyente que vive de espaldas a la Iglesia, pronto comienza a debilitarse en su fe y esperanza cristianas. Fuera de la Comunidad eclesial no es posible vivir la fe con vigor y dinamismo. Y es que, la fe cristiana se transmite, se vive y se celebra comunitariamente.