6 de diciembre de 2009

 

ABRAMOS LOS OÍDOS

 

Queridos amigos y hermanos: Paz

Una voz grita en el desierto que allanemos los caminos, que preparemos el sendero al Señor. Ojala, Dios lo quiera, que estemos dispuestos a llenar los barrancos, a rebajar los montes y colinas, a redondear las esquinas; porque –seguro– que tú y yo necesitamos de “rebajar” muchos montes, “llenar” muchos agujeros y “limar” muchas esquinas…

Me pongo a reflexionar y pienso –déjame que te lo cuente– que a lo que se nos está invitando este domingo en este Evangelio es a que abramos los oídos, a que evitemos ruidos, tantos ruidos que nos impiden que oigan nuestros oídos, que escuchemos la Palabra… Y mirad, queridos amigos, hermanos, EL SILENCIO NOS AYUDARÁ A ESCUCHAR MEJOR.

Puedes estar seguro de que a tu lado, muchas personas “hablan” del Señor que llega. Esas personas que están tan cerca de nosotros, que incluso, se dirigen a nosotros, son como lámparas en nuestro camino, lo que suele suceder es que sus “voces” son casi siempre discretas, aunque también es posible que algunas sean fuertes y potentes como la de Juan… Permíteme que me pregunte y te pregunte: ¿llegan esas voces a nuestros oídos? ¿hacemos caso de ellas? ¿Están abiertas las ventanas de nuestros oídos? Que no pase esta oportunidad de hacer nuestro compromiso: Guardar el silencio debido en nuestro templo.

 

¡QUE ABRAMOS NUESTROS OÍDOS A LA VOZ DE DIOS!