Voces anteriores
6 de diciembre de 2009
ABRAMOS LOS OÍDOS
Queridos amigos y hermanos: Paz
Una voz grita en el desierto que allanemos los caminos, que preparemos el sendero al Señor. Ojala, Dios lo quiera, que estemos dispuestos a llenar los barrancos, a rebajar los montes y colinas, a redondear las esquinas; porque –seguro– que tú y yo necesitamos de “rebajar” muchos montes, “llenar” muchos agujeros y “limar” muchas esquinas…
Me pongo a reflexionar y pienso –déjame que te lo cuente– que a lo que se nos está invitando este domingo en este Evangelio es a que abramos los oídos, a que evitemos ruidos, tantos ruidos que nos impiden que oigan nuestros oídos, que escuchemos la Palabra… Y mirad, queridos amigos, hermanos, EL SILENCIO NOS AYUDARÁ A ESCUCHAR MEJOR.
Puedes estar seguro de que a tu lado, muchas personas “hablan” del Señor que llega. Esas personas que están tan cerca de nosotros, que incluso, se dirigen a nosotros, son como lámparas en nuestro camino, lo que suele suceder es que sus “voces” son casi siempre discretas, aunque también es posible que algunas sean fuertes y potentes como la de Juan… Permíteme que me pregunte y te pregunte: ¿llegan esas voces a nuestros oídos? ¿hacemos caso de ellas? ¿Están abiertas las ventanas de nuestros oídos? Que no pase esta oportunidad de hacer nuestro compromiso: Guardar el silencio debido en nuestro templo.
¡QUE ABRAMOS NUESTROS OÍDOS A LA VOZ DE DIOS!
29 de noviembre de 2009
ABRAMOS LOS OJOS
Queridos amigos y hermanos: Paz
Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas… Sin duda habrá señales de la llegada del Señor, de la llegada del Salvador que necesitan nuestras pobres vidas, la tuya y la mía. Sin duda, habrá señales. Lo autenticamente importante para tí y para mí y para todos, es que tengamos los ojos lo suficientemente abiertos para que podamos percibir esas señales de que Dios sigue –perdóname la expresión– “paseando” por nuestra historia, nuestro barrio, nuestra parroquia…
Parece evidente –me parece a mí y a ti ¿a que sí?– que los consejos del Evangelio ante el gran acontecimiento son los únicamente necesarios: Hay que estar en pie, hay que levantar la cabeza, hay que estar atentos, hay que permanecer despiertos, hay que rezar.
En realidad se nos está invitando a “estar vigilantes”, se nos está invitando a abrir los ojos, a no dormirnos, a actuar, a vivir en pie. Se nos está invitando a no estar simplemente esperando sin dar ni golpe, se nos está invitando a no ser tan “blandos”, a no estar –como tantas y tantas veces– “amodorrados”…
Se trata de esperar intentando con nuestro esfuerzo hacer posible la llegada de lo esperado, se trata de sentirse responsable y de caminar decididamente. Que no pase esta oportunidad para hacer nuestro compromiso:
¡QUE ABRAMOS NUESTROS OJOS A LAS NECESIDADES DE LA PARROQUIA!
22 de noviembre de 2009
ANTE EL ADVIENTO 2009
Queridos amigos y hermanos: Paz, paz
Permíteme, por favor que te comente que el tiempo litúrgico en el que nos adentramos, me parece, a mí personalmente, un tiempo muy agradable. Un tiempo en el que, después de un largo periodo de tiempo ordinario, se nos invita a encontrarnos con la novedad de comenzar algo diferente y experimentar la fuerza que esta novedad nos aporta. Se nos está invitando a vivir de forma muy cercana a toda realidad humana a la vida del cada día. Es una invitación a vivir nuestra realidad, la tuya y la mía, de una manera atenta, intensa… Y es que Dios viene a nuestra historia, la tuya y la mía, y se implica en ella y pone en ella sus deseos, sus objetivos que no son otros que luz para todos, amor para todos, vida para todos, felicidad para todos.
Os invito a todos, queridos amigos y hermanos a saborear este Adviento, a impregnar el alma en él, a que:
Abramos la ventana de los ojos,
la ventana de los oídos,
la ventana de las manos,
la ventana del corazón.
Haremos referencia cada uno de los domingos a una de estas ventanas, a su apertura. Tenemos que dejarnos cambiar por la palabra, porque cuando el mundo no comparte el gozo, nuestro gozo, por el nacimiento de Jesús, el Cristo, el Salvador, ello está suponiendo una acusación a nuestra propia identidad de cristianos y a nuestro compromiso de vivir la Palabra de Dios.
¡QUE ABRAMOS NUESTRA VIDA A LA PALABRA!
12 de enero de 2009
5. LA FAMILIA, FORJADORA DE UNA NUEVA CULTURA
Querido amigo/a y hermano/a: Paz
Recién estrenado el tercer milenio de la era cristiana, Juan Pablo II ha destacado la importancia de la Pastoral de la familia en orden a afrontar los desafíos del nuevo milenio. En su Carta Apostólica Tertio Millenio Adverniente, señala, “¿acaso no fué por medio de una familia, la de Nazaret como el Hijo de Dios quiso entrar en la historia del hombre?”. Ante los desafíos del nuevo milenio es preciso remontar la “crisis de la civilización del amor, y la vida, que depende estrechamente de la familia, cuna y transmisora de valores esenciales para la humanidad.
En la familia se vive el amor, se transmite la vida y la educación. Su importancia es decisiva en orden a la sociabilidad de la persona de modo que, a través de la familia se forja la sociedad. Por ello, la cultura –en gran medida- ha estado matizada por la realidad de las familias. Mas aún cuando se integra armónicamente el factor religioso.
Buena muestra de lo dicho es el cómo la cultura occidental ha sabido incorporar el arte sagrado, en gran medida inspirado por la devoción a la Sagrada Familia. Para que la familia sirva eficazmente al bien del hombre y de la sociedad, en lugar de seguir los derroteros de la cultura de la satisfacción, del materialismo egoísta y del utilitarismo, deberá emprender el camino de la cultura, de la civilización del amor y de la vida.
Los obispos españoles, al hilo de las afirmaciones del Papa, han afirmado: “el futuro de la humanidad se fragua en la familia; por consiguiente, es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia”.
La familia es “escuela del más rico humanismo” (GS 52) y “motor de la humanidad” donde se vive la fe y crece la Iglesia.
¡LA FAMILIA ES EL CORAZON DE LA NUEVA EVANGELIZACION!
30 de diciembre de 2008
4. LA FAMILIA Y LA COMUNIDAD PARROQUIAL
“La familia cristiana esta llamada a tomar parte activa y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo al servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad intima de vida y de amor” (Juan Pablo II).
Querido amigo/a y hermano/a: Paz
La parroquia es el hogar de la fe. En ella nacemos como cristianos, en ella creemos y nos educamos en la fe; y en ella vivimos la fraternidad y el compromiso cristiano. Pero este hogar grande, que es la parroquia, necesita de los hogares familiares para cumplir su misión. La familia es como una Iglesia en pequeño, es “la Iglesia doméstica” porque es la primera comunidad donde descubrimos la fe y el amor y donde aprendimos, tu y yo, a vivirlo. Allí, un hombre y una mujer, el matrimonio, tu padre y madre y mi padre y mi madre manifestaron para ti y para mí la relación amorosa entre Dios y la humanidad.
En la familia aprendemos a ser personas y cristianos; allí aprendimos a hablar, a sonreír y a dar los primeros pasos en la convivencia. Allí descubrimos lo que son los padres, allí recibimos la primera ración de amor, tan necesaria como la de pan. Allí aprendimos a balbucear las cosas de Dios, a rezar y a llamar a Dios Padre.
Como ves, la relación y colaboración que ha de existir entre parroquia y familia ha de ser muy estrecha y cercana. La parroquia encuentra en la familia su cuna y modelo. Pero, sobre todo, encuentra el marco ideal para importantes acciones pastorales como la preparación de novios al matrimonio, creación y dirección de grupos de matrimonios…
Todas estas tareas específicas y propias de las familias cristianas son preocupaciones constantes de la parroquia. Y es aquí donde la familia tiene una misión muy hermosa que cumplir para ser en verdad una familia cristiana. Ahora bien, es verdad, que llevamos dentro la inclinación al individualismo. Y para justificar nuestro comportamiento ponemos en practica aquél refrán popular: “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Con este equivocado refrán queremos justificar, a menudo, nuestra pereza y desinterés por las tareas parroquiales.
Creedme, el creyente que vive de espaldas a la Iglesia, pronto comienza a debilitarse en su fe y esperanza cristianas. Fuera de la Comunidad eclesial no es posible vivir la fe con vigor y dinamismo. Y es que, la fe cristiana se transmite, se vive y se celebra comunitariamente.
17 de diciembre de 2008
3. LA FAMILIA, IGLESIA DOMÉSTICA
Querido amigo/a y hermano/a: Paz
Decía D. Miguel de Unamuno: “reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que reboses luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para darte a los demás todo entero e indiviso. Estas frases suponen un buen pórtico para presentar la familia “hacia dentro”, hacia la hondura, hacia ese centro nuclear donde se asienta la fe y la vida religiosa.
La llamada a la interioridad es muy oportuna porque –hoy y siempre- lo que le hace falta a la familia no son cosas, ni productos, ni actividad. Le hace falta alma, reposo, esperanza. Y estas realidades sólo las puede regalar Dios.
Necesitamos la fe para vivir de una manera lúcida y despierta en un mundo donde la increencia es la atmósfera que respiramos. Se intenta hacernos creer que la fe está superada y que históricamente la increencia es la única y legítima representante de la modernidad. Los cristianos en general y la familia en particular, en estos momentos de indiferencia religiosa, necesitamos convertirnos a la fe. Una fe robusta, una fe alegre, una fe activa, una fe humilde que de nada presume, sino de estar apoyada en el Señor-Jesús.
Si la iglesia puede ser concebida como una familia, también la familia puede ser concebida como una “pequeña Iglesia”. Decía San Juan Crisóstomo: “Cuando ayer os dije: que cada uno de vosotros convierta su casa en una Iglesia, aclamasteis a grandes voces y dísteis signos de placer con que aquellas palabras os inundaron”. La familia como “Iglesia doméstica” es, sin duda, una familia que:
– Cree y espera en Cristo-Jesús.
– Ora porque sabe que la oración es tan necesaria como el respirar.
– Celebra los sacramentos de Cristo como momentos de gracia y fuerza cristiana.
– Ama y es solidaria con las demás familias y con los sufrimientos humanos.
– Evangeliza y anuncia con otras palabras el Reino de Dios y su justicia.
La familia cristina (Iglesia domestica), habla de Dios, habla con Dios, que no deja de ser el mejor de los modos para que nuestros hijos aprendan a rezar. La familia cristiana no olvida los signos religiosos externos en su hogar, y, por supuesto, no olvida las celebraciones sacramentales (misa dominical, celebración de la reconciliación…). La familia –sin duda- es “Iglesia doméstica”.
10 de diciembre de 2008
2. DESAFÍOS DE LA FAMILIA
“La familia es el lugar del amor y la vida, mas aún, el lugar donde el amor engendra la vida,
porque ninguna de estas dos realidades sería autentica, si no estuviese acompañada de la otra”(Juan Pablo II).
Querido amigo/a y hermano/a: Paz
Y siguiendo el tema de la familia, no podemos ignorar – afirma nuestro Obispo- la realidad que nos rodea, en la que esta hermosa realidad y verdad del matrimonio y la familia se ve acosada por graves deformaciones y obstáculos.
Y aunque las afirmaciones globales pueden incurrir en parcialidad, podemos afirmar que hoy el matrimonio y la familia están pasando por un fuerte periodo de crisis. La razón fundamental no es otra que la pérdida muy notable de valores morales que ha tenido lugar en los últimos años. Decía Juan Pablo II allá por 1987: “el matrimonio y la familia están en peligro porque la fe y el sentido religioso ha muerto en muchas familias, porque los propios cónyuges y, como consecuencia, también sus hijos se han hecho indiferentes ante Dios”.
Igualmente lo reconocen nuestros obispos en el Documento: La familia, Santuario de la vida y esperanza de la sociedad. Es por ello por lo que es preciso insistir en la auténtica necesidad de una “adecuada preparación al matrimonio”. Son muchos los “extravíos” de la cultura “postmoderna” que afectan a la familia. Solo por citar algunos: El matrimonio a prueba, las uniones libres de hecho, católicos unidos con mero vínculo civil, separados y divorciados no casados o casados de nuevo… Son todas ellas situaciones que son –sin duda- “extravíos” con respecto a la fe de la Iglesia. Existen otros muchos signos que suponen la degradación de algunos valores fundamentales:
- Una equivocada concepción teórica y practica de la independencia de los cónyuges entre si.
- Las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos.
- El numero cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el frecuente recurso a la esterilización, la instauración de la mentalidad anticoncepcional.
- La corrupción de la idea de la experiencia de libertad, concebida como una fuerza autónoma de autoafirmación en orden al propio bienestar egoísta…
Ante tanto signo en contra de nuestra concepción de la familia, seguimos escuchando en nuestro interior más interior, aquellas palabras del Concilio:
“La familia es la primera escuela de virtudes sociales, de las cuales justamente tienen necesidad todas las sociedades”.
05 de diciembre de 2008
1. EL PLAN DE DIOS SOBRE LA FAMILIA
“La familia es el lugar del amor y la vida, mas aún, el lugar donde el amor engendra la vida,
porque ninguna de estas dos realidades sería autentica, si no estuviese acompañada de la otra”(Juan Pablo II).
Querido amigo/a y hermano/a: Paz
En el misterio de la Encarnación, el Hijo de Dios ha asumido nuestra naturaleza humana de forma que ya nada humano le es extraño o ajeno. El pecado no, por supuesto.
Y el Hijo de Dios, tomando nuestra carne y sangre, comparte el destino de los hombres, comparte tu destino y mi destino, en auténtica solidaridad. Se hace “vecino” nuestro -lo sabes muy bien- en una familia, la familia de Nazaret que es la mejor imagen de toda familia humana. En aquella familia, en aquella “Iglesia domestica” se CONSAGRAN LAS RELACIONES HUMANAS QUE ALLI SE DAN, SEGÚN EL PLAN DE DIOS.
Nazaret suena muy bien. Nos sabe a vida de familia y a cálido hogar. Allí se divinizó la vida de cada día, la vida corriente. Allí se divinizó tu vida y mi vida que –por cierto- son bien corrientes y llenas de luces y sombras. Allí, en Nazaret, aquella familia –Jesús, Maria y José- hicieron sagrado el vivir de cada día.
Dios ha querido unirse al hombre como el esposo se une a la esposa y lo ha realizado en la entrega de Cristo que ha dado su vida por nosotros. Esta entrega de Cristo es vista por San Pablo como el gran signo de amor a la Iglesia que queda para siempre unida a El. La Iglesia es la esposa de Cristo. Y esta unión encuentra en el matrimonio un especial signo visible y tangible del amor entre ambos.
Pedimos al Señor que la familia –todas las familias- descubran su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo como imagen de la nueva humanidad que Dios quiere y ha establecido en Cristo-Jesús.
31 de noviembre de 2008
ANTE NUESTRO ADVIENTO
Querido amigo/a y hermano/a: Paz
La alianza definitiva de Dios con los hombres y mujeres de este mundo no es fruto de la fantasía humana. Está ligada a una mujer. Esta mujer se llama MARIA. Esta mujer dió a luz un niño que recibe el nombre de Jesús (Dios-con-nosotros).
En este Adviento, que comenzamos, recordamos aquel pasaje de San Pablo en el que confiesa que le gustaría hacer el bien, pero que termina haciendo precisamente lo que no quiere (Rom. 7,15). Esta, sin duda, es una verdad que se aplica a nosotros tanto en nuestra vida particular como en la comunitaria… Sin duda que muchas veces tenemos buenas intenciones, nos sentimos movidos a hacer el bien, a ser sinceros, generosos… Muchas veces, seguro, denunciamos la explotación y explotamos, denunciamos a los “adoradores de ídolos”, a los que adoran el dinero, la fuerza, el poder, el placer, pero encendemos velas a esos mismos ídolos. Denunciamos, también muchas veces, la codicia pero rezamos para acertar “de lleno” en las quinielas, en la lotería, en el bingo…
Ante todas estas realidades surge nuestra suplica a Dios, pidiéndole un SER NUEVO, libre del egoísmo del orgullo, del afán de poder que llenan, tantas veces, nuestros corazones. (1 Jn. 5,1-4)
– QUE EL SEÑOR OIGA NUESTRO CLAMOR,
– QUE NOS TRAIGA EL GRAN REGALO DE UN CORAZON DE CARNE, HUMANO Y ARRANQUE EL DE PIEDRA QUE, A VECES, LLENA NUESTRO PECHO,
– QUE EL QUE CONOCE NUESTRAS FLAQUEZAS Y LIMITACIONES NAZCA DEFINITIVAMENTE EN NUESTRAS VIDAS.
